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Por Raymond Franz. Porción escogida “El servicio a Dios – qué abarca,” del capítulo 18 del libro A la Búsqueda de la libertad cristiana.

 

Si leemos… las Escrituras Cristianas, encontraremos que el cristianismo no se presenta como un modo de vida y de adoración orientado a sistemas ni a edificios; ni se define por credos o códigos de ley. Tampoco se centra en actividades específicas, consideradas como especialmente y distintivamente devocionales y religiosas, y que por tanto tienen ante Dios un mérito superior a otras actividades que no se consideran así. Es un modo de vivir que abarca toda la vida y todas las actividades de la vida. Al leer las palabras del Hijo de Dios y los escritos de sus apóstoles, encontramos que no se trata de pertenecer a algún sistema religioso, de practicar ciertos actos religiosos en ciertos momentos y lugares, sino que lo que somos como personas en nuestra vida cotidiana muestra si somos sus seguidores o no. Solamente porque esto es cierto, pudo decir el apóstol: “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él”. Pudo decir incluso a aquéllos que eran esclavos: “Poned el corazón en todo lo que hagáis, como si lo dedicaseis al Señor y no a los hombres. Sabed que el Señor os dará, al fin y al cabo, la herencia eterna como premio y que sois esclavos de Cristo, el Señor”.[3]

Creo que es por no darse cuenta de esto que muchos que se han zafado de una organización religiosa autoritaria, orientada a obras y legalista (y hay un buen número de ellas), se sienten a menudo perplejos respecto a cómo abordar el asunto del servicio a Dios en su nuevo estado de libertad. Allá, en 1976, como miembro del Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová, fui asignado a preparar material sobre el tema del “servicio sagrado”, y los artículos resultantes de La Atalaya se titularon “Apreciando el tesoro del servicio sagrado” y “Rindiendo servicio sagrado noche y día”.[4] El material se basó principalmente en una discusión del significado del termino griego latreuo, que se traduce como “rendir servicio sagrado” en la Traducción del Nuevo Mundo(normalmente como “servir” o “adorar” en otras traducciones). Ambos artículos presentaron evidencia bíblica de que el servicio a Dios no es algo restringido a actividades particulares como la predicación o la asistencia a las reuniones, ni algo relacionado con ciertos momentos apartados y especiales en ciertos lugares o de ciertas maneras, sino que abarca todo, que es algo que se debevivir, un servicio que afecta a todo en la vida. Se mostró que las Escrituras hablan de “sacrificios a Dios” que incluyen no solamente “el fruto de labios que hacen declaración pública de su nombre”, sino también “el hacer el bien y el compartir cosas con otros, porque dichos sacrificios le son de mucho agrado a Dios”.[5] El párrafo siguiente es representativo (página 182):

Se ve, pues, que el “servicio sagrado” no es algo que ocupe solo parte de nuestra vida. No está limitado a una sola actividad ni a cierto número de actividades, sino que abarca todo aspecto de nuestro vivir diario. Se puede resumir con estas palabras: ‘Sigan haciendo todo como para Jehová, sea el comer o el beber, o el hacer cualquier otra cosa.’ (1 Cor. 10:31) Mostrando lo abarcador que debe ser este servicio, el apóstol dice en Romanos 12:1, 2: “Les suplico por las compasiones de Dios, hermanos, que presenten sus cuerpos en sacrificio vivo, santo, acepto a Dios, un servicio sagrado con sus facultades de raciocinio. Y cesen de amoldarse a este sistema de cosas.

En armonía con esto, después de afirmar que “Son muchas las cosas que están envueltas en eso, pero la mira que uno tiene, su meta y lo que impele su corazón son los factores claves para determinar si lo que uno hace es realmente “servicio sagrado” o no”, el segundo artículo de La Atalaya mostró que una gran parte del servicio sagrado de los padres envuelve a sus hijos, “una herencia de parte de Jehová”, y “santos” para Él.[6] El cuidado paterno de los hijos era un rasgo de “noche y día” de su servicio sagrado. Los cónyuges rinden servicio sagrado al mantener el honor del matrimonio, en sus relaciones entre ambos, al trabajar por el éxito del matrimonio.[7] Un ama de casa podría hacer su trabajo en el hogar como “para el Señor” y contribuir a la estima de las buenas nuevas entre otros por la calidad de su vida familiar, por su hospitalidad, por su amabilidad y por sus relaciones con la vecindad.[8] Los hombres podrían fomentar y dar crédito a las buenas nuevas por el modo en que llevaran a cabo su trabajo cotidiano, poniendo su corazón en lo que hicieran “como para el Señor y no para los hombres”.[9] Cuando se hace con ese espíritu ¿cómo podría ser algo distinto del servicio a Dios?

Muchos encontraron esta información refrescante, y expresaron que les aportó significado a sus vidas y les hizo sentir que contaban otras cosas aparte del “servicio del campo” y de la asistencia a las reuniones. Sin embargo, no les agradó a todos. Después de un tiempo, algunos de los superintendentes viajantes, cuya tarea principal era y es fomentar el “servicio del campo”, se quejaron al Departamento de Servicio de que la perspectiva presentada socavaba su promoción de tal actividad. Al colocar otros rasgos de la vida en igualdad con el “servicio del campo”, se disminuía la importancia de lo que habían estado haciendo y les restaba fuerza a sus apremios para ‘más horas en el campo’. Personalmente no conozco a nadie más que expresara objeciones.

En 1980, poco después de mi renuncia como miembro del Cuerpo Gobernante, apareció otra serie de artículos en la edición de 15 de agosto de La Atalaya, diseñada para devolver la aplicación del “servicio sagrado” sólo a cosas tales como el servicio del campo y la asistencia a las reuniones. Estos artículos enfatizaron, y de hecho basaron gran parte de sus argumentos en el hecho de que para los judíos de tiempos precristianos el “servicio sagrado siempre estaba relacionado con adoración en obediencia al pacto de la Ley” y que “no se refería a cosas cotidianas de la gente”.[10] Argumentaron que, puesto que otra gente aparte de los testigos de Jehová comen, beben, trabajan, limpian hogares, obedecen a las autoridades, entonces ¿cómo se podría considerar este tipo de actividades como servicio sagrado a Dios? No, solamente merecen la consideración de servicio sagrado a Dios actividades “especiales”, “fuera de lo ordinario”, como publicar el mensaje que se encuentra en las publicaciones de la Sociedad Watch Tower y asistir a las reuniones donde se estudian esas publicaciones. Los artículos desautorizaron toda idea de que la motivaciónpodía hacer una distinción y dar calidad espiritual a actos de naturaleza ordinaria, de modo que se convirtiesen en servicio sagrado a Dios, haciendo de esas actividades una expresión de nuestra adoración a Dios.

Una “Pregunta de los lectores” publicada en ese mismo número contribuyó a esa argumentación, introduciendo una comparación con el servicio de los israelitas bajo el viejo pacto de la Ley. De modo similar, intentó excluir cualquier idea de que se pudiera rendir “servicio sagrado” a Dios en el trabajo, en el cuidado de la familia o del hogar, o en actividades similares. No, tiene que ser “algo fuera de lo ordinario”. El artículo presentó, en efecto, una lista autorizada de las actividades que podían considerarse así. En primer lugar estaban estas: predicación (“servicio del campo”), asistencia a las reuniones, estudio de familia y consideración del texto diario de la Sociedad Watch Tower, servicio de precursor y de misionero, servicio en Betel (en la oficina central o en oficinas sucursales), trabajo como superintendente viajante, anciano o siervo ministerial. De este modo, por definición, si un padre conduce un estudio bíblico formal con su esposa y sus hijos (y esto siempre se hace empleando una publicación de la Sociedad Watch Tower), eso es servicio sagrado, servicio a Dios (y el tiempo invertido se puede apuntar en la ‘hoja de informe de servicio del campo’). Si el padre dedica tiempo informalmente a simplemente hablar con un hijo o hija sobre su vida y actividades cotidianas—explorando sus pensamientos, dejando que exprese sus opiniones, sentimientos y preocupaciones, ayudándole con sus problemas en la escuela o a desarrollar una perspectiva sana de la vida, enseñándole habilidades que lo equipen para la vida adulta como cristiano responsable—esto no califica como parte de tal “servicio sagrado” a Dios. La rigidez de esta perspectiva es sin duda una de las razones principales del innegable escaso éxito entre los Testigos de Jehová respecto a conseguir que los jóvenes permanezcan en la organización una vez alcanzada la mayoría de edad. Recuerdo que cuando fui enviado a Belice, país de América Central, en los años setenta, uno de los representantes de la organización allí me informó por iniciativa propia que hasta entonces ni uno solo de los jóvenes que habían crecido como Testigos en ese país había continuado en la organización. Aunque éste es un caso extremo, el hecho es que en todos lo países el número de jóvenes que abandonan la organización cuando se independizan, es desproporcionadamente elevado.

El efecto que producen estos decretos organizacionales—que definen ‘lo que es servicio sagrado a Dios y lo que no lo es’—en la perspectiva mental de los Testigos, se ilustra por lo que tuvo lugar cuando los artículos antes mencionados se consideraron en el Salón del Reino de Gadsden, Alabama. En la conclusión del estudio, el anciano que conducía el estudio de La Atalaya, Tim Gregerson, planteó una pregunta al auditorio. Dijo: “Supongamos que una hermana en la congregación cuyo esposo ha muerto está pasando por dificultades, y uno de nosotros va a ayudarle en sus problemas. ¿Sería esto ‘servicio sagrado’?” Al principio no recibió respuesta alguna, pero finalmente una persona se ofreció a contestar y dijo: “No, eso no sería servicio sagrado”. Tim entonces señaló que los artículos habían enfatizado el aspecto religioso de la “adoración” envuelta en el “servicio sagrado” y entonces dirigió al auditorio a las palabras del discípulo Santiago:

La forma de adoración que es limpia e incontaminada desde el punto de vista de nuestro Dios y Padre es esta: cuidar de los huérfanos y de las viudas en su tribulación, y mantenerse sin mancha del mundo.[11]

Entonces dijo que Santiago describe específicamente el cuidar de una hermana viuda como “adoración”, y que, por lo tanto, eso sería seguramente “servicio sagrado”.[12] Como yo estaba presente, llamé también la atención a la referencia a “servicio sagrado” de Hebreos capítulo trece y a que ahí se incluye el hacer bien y mostrar amabilidad generosa a otros como “sacrificios” que el cristiano ofrece en un altar espiritual. Sin embargo, la expresión de otro anciano, Dan Gregerson, fue típica del efecto que tuvo ese material en tantos Testigos.[13] Después de escuchar la evidencia bíblica que se acababa de mencionar, indicó su descontento y dijo: “Me gustaría llamar a la atención de los hermanos que hay una ‘Pregunta de los lectores’ al final de este número y ahí La Atalaya muestra lo que realmente es ‘servicio sagrado’”. No tenía ningún argumento bíblico contra lo que se había expresado, pero el factor decisivo para él fue claramente lo que decía La Atalaya.

En realidad, aunque no se incluyeron en su lista de actos definidos de “servicio sagrado”, la “Pregunta de los lectores” hizo mención breve de la expresión de Hebreos respecto a “hacer bien y el compartir cosas con otros”, diciendo que eso incluía el dar asistencia “cuando nuestros hermanos se ven en necesidad, sufren calamidad o están afligidos”.[14] Pero, al igual que La Atalaya limitaba arbitrariamente el ofrecer “sacrificio o alabanza” a Dios a “predicar públicamente”, también se restringía el “hacer bien” y “compartir cosas con otros” a las limitaciones mencionadas, como si aplicasen solamente a la ayuda prestada a compañeros Testigos, no a otros.

Sin embargo, la Biblia misma no impone tales limitaciones en el significado de la expresión muy amplia “hacer el bien”. Ni tampoco lo hace con respecto a la referencia inespecífica de “compartir cosas con otros”.[15] De nuevo, el efecto de esta definición “no autorizada” que limita la expresión apostólica a sólo ayuda especial o de emergencia para compañeros miembros de la religión de los Testigos, contribuye a que muchos Testigos manifiesten una actitud muy despegada, a veces incluso fría y carente de interés, hacia vecinos y personas en su comunidad, una actitud muy parecida a las de los sacerdotes y los levitas en la parábola que Jesús dio en respuesta a la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?” Aquellas personas religiosas, activas en “servicio sagrado”, tenían cosas más importantes que hacer que preocuparse por un vecino en dificultad, y fue un samaritano, un hombre de una religión diferente, quien  vino en ayuda de la persona en dificultad, quien demostró ser un verdadero prójimo.[16] La estrecha actitud fomentada no puede armonizar con la enseñanza de Jesús:

Sed hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol igualmente sobre buenos y malos, y envía la lluvia sobre honestos y deshonestos. Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué recompensa podéis esperar? Seguramente los recaudadores de impuestos hacen tanto como eso. Y si sólo saludáis a vuestros hermanos, ¿qué hay de extraordinario en eso? Hasta los paganos hacen eso. No debe haber límite a vuestra bondad, igual que no conoce confines la bondad de vuestro Padre celestial. [17]

El entero empeño del material de La Atalaya de 1980 es colocar el servicio a Dios en una categoría separada de las actividades de la vida. Intenta diferenciar entre “servicio” y “servicio sagrado” a Dios, restringiendo este último a actos de naturaleza muy distintiva e inusual. Es cierto que el término particular en discusión (latreuo) se emplea en las Escrituras solamente con referencia a “servicio a Dios (o a un dios o a dioses)”.[18] Para los paganos, este servicio envolvía cosas que se hacían en templos y en edificios especiales, ritos especiales u ofrendas especiales a sus dioses. En el caso del pueblo judío, se aplicaba usualmente a actos llevados a cabo en cumplimiento del pacto de la Ley, incluyendo ceremonias, sacrificios, fiestas santas y servicio sacerdotal. Todo esto es evidente. Sin embargo, el aspecto notable del cristianismo es precisamente el hecho de que el servicio a Dios es mucho más amplio, no está limitado a actividades que se desarrollan en ciertos edificios ni de formas prescritas, no afecta solamente a una parte de la vida.

El escritor del artículo de La Atalaya de 1980 está en lo cierto al decir que “para los judíos, servicio sagrado siempre estaba relacionado con adoración en obediencia al pacto de la Ley”. Pero se equivoca al alegar que esto excluye su aplicación a “actos fundamentales, esenciales, del vivir humano”. Mientras que la “obediencia al pacto de la Ley” incluía algunas actividades “fuera de lo ordinario” diferentes de las actividades cotidianas, la obediencia a ese pacto de la Ley también incluía mucho que era parte de la vida diaria de los israelitas. El pacto de la Ley no prescribía meramente sacrificios animales periódicos, ayunos, fiestas santas y ceremonias, sino que exhortaba también al ejercicio diario de honradez, justicia, rectitud, honestidad y compasión en sus tratos cotidianos entre ellos. Sus leyes exhortaban a la bondad, no sólo hacia compañeros israelitas, sino también hacia esclavos y residentes forasteros, incluso a la consideración a animales y pájaros.[19] Sin embargo, los israelitas normalmente minimizaban estos factores, a favor de los de aspecto ceremonial y distintivamente “religioso”, enorgulleciéndose de éstos como prueba de su devoción a Dios, en lugar de hacerlo con los aspectos cotidianos de la vida. La presentación que hace La Atalaya sigue una trayectoria comparable, muestra el mismo punto de vista equivocado.

Al enfrentarse al hecho de que los apóstoles de Jesucristo sí que hablaron de “actos fundamentales, esenciales, del vivir humano” como “hechos para el Señor” y “hechos para la gloria de Dios”, el escritor de La Atalaya se apoya en una distinción errónea entre el servicio a Dios y servicio sagrado a Dios. ¿Cómo puede el servicio a Dios dejar de ser algo sagrado? Es como si Dios pusiera una gratificación, un valor mucho mayor, en los actos especiales en comparación con los actos cotidianos, en lo inusual comparado con lo corriente. Jehová, al rechazar a Israel, mostró claramente que ese no es el caso. Mostró que el ejercicio diario de misericordia, compasión y justicia fue siempre de mayor importancia para él que los actos especiales que los israelitas consideraban tan distintivamente “sagrados”. Tal como Él afirmó:

Porque en bondad amorosa me he deleitado, y no en sacrificio; y en el conocimiento de Dios más bien que en holocaustos.[20]

Respecto a este “conocimiento de Dios”, y a través de su profeta Jeremías, Jehová pregunta al hijo del rey Josías:

En cuanto a tu padre, ¿no comió y bebió y ejecutó derecho y justicia? En aquel caso le fue bien. Él defendió la reclamación legal del afligido y del pobre. En aquel caso aquello marchó bien. ‘¿No era ese un caso de conocerme?—es la expresión de Jehová.[21]

De manera similar a las personas que clamaron en Pentecostés: “Hermanos, ¿qué haremos?”, los israelitas preguntaron cómo rendir servicio aceptable a Dios. A través de su profeta Miqueas, Jehová presentó su pregunta y resumió el asunto de este modo:

¿Con qué me presentaré a Jehová? ¿[Con qué] me inclinaré ante Dios en lo alto? ¿Me presentaré con holocaustos, con becerros de un año de edad? ¿Se complacerá Jehová con miles de carneros, con decenas de miles de torrentes de aceite? ¿Daré mi hijo primogénito por mi sublevación, el fruto de mi vientre por el pecado de mi alma? Él te ha dicho, oh hombre terrestre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que Jehová está pidiendo de vuelta de ti sino ejercer justicia y amar la bondad y ser modesto al andar con tu Dios?[22]

El escritor de La Atalaya rebaja la importancia de la motivación como algo capaz de convertir actos comunes en servicio sagrado a Dios. Sin embargo, la importancia decisiva de la motivación se ve en los tiempos precristianos del pacto de la Ley, ya que fue precisamente la falta de la motivación correcta del corazón (demostrada por sus tratos injustos y poco compasivos con otros en su vida cotidiana) lo que provocó que Dios “detestara” los mismos actos de “servicio sagrado”—sacrificios, observancia de días y fiestas santos, ayunos—realizados por la mayor parte de la nación judía.[23] Esto fue cierto incluso a pesar de que aquellos eran actos especiales “fuera de lo ordinario” relacionados con “adoración en obediencia al pacto de la Ley”, citando las palabras del artículo de La Atalaya. Jehová dejó claro que sin la motivación correcta en la vida cotidiana y en las actividades diarias, todos los sacrificios, fiestas y otros servicios perdían todo su significado y valor.

El nuevo pacto resulta en que la ley de Dios se escriba en los corazones, y esa ley no es un código, sino la ley del amor y la ley de la fe, factores que entran en juego en todos los aspectos de la vida, no sólo durante momentos especiales. Esto es lo que permite que cualquier persona, no sólo una clase sacerdotal especial, pueda ofrecerse ella ‘misma como ofrenda viva’ en servicio a Dios, de modo que su vida entera sea de adoración a Dios.[24] Debería ser obvio que para que el ofrecimiento sea completo, una “ofrenda viva” no debe ser algo que se pueda activar o hacer operativo durante ciertos momentos y en ciertas actividades, y desactivar o hacer inoperativo el resto del tiempo y en las demás actividades. Uno solo tiene que leer el resto del capítulo doce de Romanos para ver que, después de la exhortación del apóstol a sus hermanos para ‘presentarse a sí mismos como ofrenda viva’, se discute un espectro muy amplio de actividades. Las relaciones personales con los demás, las expresiones de afecto y de humildad, la hospitalidad y la amabilidad, el vivir en paz “con todo el mundo”, no sólo dentro de la comunidad cristiana, sino también fuera de ella, todo es parte de esta “ofrenda viva”. Al ofrecerse completamente a sí mismos, no le dan a Dios solamente ciertos períodos de tiempo, sino su vida entera. En todo esto demuestran que no “se amoldan a los criterios del mundo”, sino que en su vida cotidiana, en sus tratos con otros, ejemplifican las normas y principios que enseñó el Hijo de Dios. Como evidencia de que la insistencia de La Atalaya de 1980 en una aplicación tan estrecha del término griego latreuo no tiene fundamento desde un punto de vista lingüístico, The New International Dictionary of New Testament Theology comenta de este modo el uso que hace el apóstol de latreuo en Romanos 12:1:

Envuelve la dedicación de la persona entera a Dios de un modo racional, abarcando la mente entera, y práctico, extendiéndose a la práctica de la vida diaria en la iglesia y en el mundo.[25]

Cuando el apóstol define cómo se ofrece esa “ofrenda viva”, no lista en ningún lugar el “servicio del campo”, la asistencia a las reuniones, el servicio en alguna sede institucional religiosa, o cualquier otra actividad de ese tipo. El considerar el servicio a Dios del modo en que insiste la organización Watch Tower realmente no es otra cosa que una regresión a un punto de vista precristiano, no meramente al tiempo del pacto de la Ley, sino a una visión insana, característica de una actitud orientada a la ley, orientada a las obras. Le restaría importancia al papel del corazón—y a su espontaneidad—al poner énfasis en formas y funciones prescritas y reguladas, como criterio para determinar lo que califica como “servicio a Dios” y lo que no lo hace. Esto es retroceder en el tiempo a un punto anterior a la entrada de “la libertad con que Cristo nos hizo libres”. Entre las religiones de hoy día, la organización Watch Tower no es la única que actúa así.

En los siglos que siguieron al período apostólico, una visión similar, distorsionada y anacrónica de lo que envolvía el servicio cristiano a Dios, llevó al concepto de que practicar la “adoración” significaba “ir a la iglesia”, y elevó lo que se hacía “en la iglesia” a un nivel espiritual superior en comparación con lo que un creyente podía hacer fuera de la “iglesia”. Como consecuencia, los edificios donde se llevaban a cabo los “servicios religiosos” tomaron una cierta calidad de sagrados. Esto produjo la visión de que el hombre que era sacerdote o ministro vivía una vida espiritual de nivel más elevado y de mayor mérito espiritual que lo que podía alcanzar el hombre común, tal como el padre que con su trabajo mantenía a su familia. El sacerdote o ministro era preeminentemente “un hombre de Dios”. Los demás eran los laikos (que significa “del laos o pueblo”), y así se desarrolló una división entre cleros y legos. Esta misma visión eventualmente exaltó el celibato, practicado por los sacerdotes y monjes como un estado espiritual superior, e “indirectamente degradó el matrimonio . . . como un estado imperfecto, de segunda clase”. Aunque la Reforma corrigió algunas de las distorsiones a este respecto, todavía queda mucho de ello.[26]

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Notas:

[3] Colosenses 3:17, 23, 24, Versión Reina-Valera Traducción Interconfesional

[4] Publicados en español en la edición de 15 de marzo de 1977 de La Atalaya, páginas 176-186.

[5] Hebreos 13:15, 16. Puede notarse que antes, en el versículo 10, el escritor emplea el término latreuo al discutir el ‘servicio’ que se hace por medio de ofrecer sacrificios y ofrendas en el tabernáculo o templo, y entonces lo contrasta con los sacrificios de índole espiritual que los cristianos ofrecen en un altar muy distinto.

[6] Salmo 127:3; 1 Corintios 7:14

[7] Compare con Efesios 5:21-29

[8] Tito 2:4,5; compare con Proverbios 31:10-31; Hechos 9:36-41.

[9] Colosenses 3:17, 23, Versión Reina-Valera

[10] La Atalaya de 15 de agosto de 1980, páginas 22, 24 (ilustración).

[11] Santiago 1:27

[12] Tim Gregerson era en ese tiempo un “precursor”, ya lo había sido durante algunos años y continuó siéndolo algún tiempo después. Así pues, no era alguien “carente de celo por el servicio del campo”.

[13] Dan es el tío de Tim, hermano de su padre, Tom Gregerson, y también de Peter Gregerson. Vea también Crisis de Conciencia, páginas 349-353.

[14] Hebreos 13:10-16

[15] A pesar de que en esta discusión de “servicio sagrado” por lo menos se hizo mención a cuidar de compañeros Testigos “en necesidad”, y aunque en la revista La Atalaya ocasionalmente aparecen artículos que tratan el mostrar interés y preocupación por los de edad avanzada y por los necesitados, ya hemos visto en los capítulos 6, 10 y 16, de este libro, que en la práctica real esto raramente recibe atención significativa. Aunque no es cierto de todos, es un simple hecho que cuando se enfrentan a dedicar tiempo al “servicio del campo” o a pasar tiempo visitando a los de edad avanzada, enfermos o necesitados, la mayoría de los Testigos—y la mayoría de los ancianos—se sentirán bajo la presión de optar por el “servicio del campo”, particularmente si tienen “pocas horas”. Estas visitas se pueden incluir en el “servicio sagrado”, pero no es un servicio que se puede informar. Esto debería ser irrelevante—pero claramente no lo es, como afirma francamente la carta de Karl Adams a Nathan Knorr. (Vea el capítulo 6 de este libro).

[16] Lucas 10:29-37; compare con 17:15-19

[17] Mateo 5:45-48, The New English Bible (Traducción del inglés)

[18] Vea el Theological Dictionary of the New Testament (Edición resumida), páginas 503, 504.

[19] Levítico 19:9, 10, 13-15, 17, 18, 32-37; 23:22; 25:35-43; Deuteronomio 15:7-11; 16:18-20; 22:1-4, 6-8; 24:10-15, 17-22; 25:4.

[20] Oseas 6:6; compare con Mateo 12:7

[21] Jeremías 22:15, 16

[22] Miqueas 6:6-8; compare con Salmo 15.

[23] Isaías 1:11-17; Amós 5:11-15, 21-24

[24] Romanos 12:1, Traducción Interconfesional

[25] Tomo I, página 885. De modo similar, el Theological Dictionary of The New Testament (Tomo IV, páginas 63, 64), citado en una nota al pié de la página en La Atalaya de 15 de marzo de 1977 (página 182), dice del verbo latreuein: “El uso abarcador de latreuein para la totalidad de la conducta del justo para con Dios se encuentra por primera vez en Luc. 1:74. . . . en Fili. 3:3 nuevamente encontramos latreuein en un sentido metafísico amplio en el cualabarca toda la existencia cristiana.”

[26] Esta palabras citadas son de Steven Ozment en su obra When Fathers Ruled—Family Life in Reformation Europe (Londres, Harvard University Press, 1983), página 10. Se puede mencionar aquí que durante muchas décadas, la oficina central de la Sociedad Watch Tower tenía características monásticas, ya que la mayoría del personal estaba formado por varones, y se requería que mantuvieran su estado de celibato para permanecer en la oficina central (o en oficinas sucursales). Requisitos similares aplicaban originalmente a todas las personas solteras enviadas como misioneros graduados de la Escuela de Galaad. Vea Crisis de Conciencia, páginas 16, 18, 19.

Raymond Franz, 1991